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Mimetismo: Esperanza Bolland
Ricardo Pérez Escamilla
Es infrecuente que -en el reino de la plasticidad artística- el deseo, el amor, la pasión, el dolor y otros signos de erotismo se fundan en la naturaleza. Pero ese parece ser el caso de Esperanza Bolland. Con una cultura visual y un criterio adquirido en su trato cotidiano con artistas, críticos y anticuarios, nos revela sin prejuicios su mundo interior en plantas, flores, troncos y bardas de su personalísimo jardín de Malinalco.
Pinta ramas tortuosas, laceradas y de múltiples cicatrices, testimonios de las industrias y andanzas del corazón, mientras al mismo tiempo un retoño florido de exótica belleza nos revela la generosidad de la vida. Otro de sus motivos recurrentes es el ave del paraíso.
Sus hojas brotan con una espléndida vitalidad en una rica y variada gama de verdes. A pesar de las rasgaduras del viento y de la lluvia, las flores representadas, secas y vivas, son consecuentes con el jardín de los humanos y reconcilian los opuestos: la vida y la muerte.
Esperanza Bolland reconoce la naturaleza como dinamo de la vida en su Malinalco. En su jardín edénico encontramos los captus emblemáticos de nuestro México: el nopal con sus pencas espinosas y su movimiento armónico que, junto con el órgano de tronco tubular, sugiere la alegría. Ambos fructifican y florecen, producen mieles, cuando una garza sofisticada se muestra chupando el azúcar líquido de las flores.
En ese prodigioso paraíso abundan árboles de ramas torcidas y raíces aberrantes, insinúan la danza del placer del dolor. Al pie de este paisaje de terrenos áridos, una feraz vegetación complementa el sentido erótico de este cuadro que evoca El aduanero de Rosseau, con una percepción muy personal. Esperanza Bolland nos muestra como en el jardín de la humanidad, desde el origen bíblico de los tiempos, conviven los opuestos: la belleza de las aves y la fealdad de los bichos raros y venenosos, los frutos y las flores de la vida y las plantas parásitas y trepadoras. Esta presencia reiterada de los contrarios constituye un verdadero logro estético de fondo y forma. Los conceptos expresados son freuentes en su obra,pero no menos inportante es el sentido que adoptan las plantas trepadoras, insignificantes y rastreras, que sobreviven y se desarrollan en espacios agrestes y que, a pesar de su insignificancia aparente, nos regalan la flor de la vida en toda su plenitud.
En este homenaje a Malinalco destaca su maestría para trasladar al viento todos los elementos en su dimensión onírica: las formas que componen un sueño verdadero en que su jardín (el subconciente), poblado de alimañas (las pasiones), vibran una misteriosa y lujuriante vegetación (símbolos sexuales).
Las plantas, los frutos y sus elementos en la obra de Esperanza Bolland significan el triunfo de la sexualidad humana como una de las manifestaciones más importantes. Llevan implícito un sentido donisíaco: la vida que celebra la fiesta de la sexualidad en colores exóticos y luminosos para reivindicar nuestro ritual erótico más íntimo.
Mayo, 2004 .
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